
Salillas poseía un gran encanto metido en su mediana estatura, cargado de gran energía que se liberaba en sus aberrantes estallidos de risa.
Su sentido del humor era intenso, y su generosidad sin límites. Con ello fue un irremplazable compañero en cualquier lugar o proyecto.
Su feérica apariencia acentuaba el pequeño diablillo que llevaba dentro, siempre incandescente.